Cuaderno de viaje
Hotel boutique en Palermo: check-in, desayuno y ruido de calle
Lo que anoté durante cuatro noches en un edificio reciclado, con la libreta abierta sobre la cama.
Llegué un martes a media tarde y el check-in se resolvió en pocos minutos. La persona en recepción explicó los horarios de entrada y salida, dónde quedaba la llave de la habitación y cómo funcionaba el portón del edificio después de cierta hora. Sin vueltas, sin formularios largos. Ese primer contacto ordena bastante la estadía: sabés qué esperar y no tenés que preguntar dos veces lo mismo.
La habitación era chica, de esas donde hay que pensar dónde dejar la valija, pero estaba bien resuelta. El colchón era nuevo y se sentía firme, y las almohadas venían en dos densidades, algo que no siempre aparece en un hotel boutique de barrio. La presión del agua en la ducha era buena, aunque el agua caliente tardaba unos segundos en llegar; nada grave si abrís la canilla y esperás mientras te sacás los zapatos.
El desayuno se servía en un patio interno y era correcto aunque repetitivo: café de filtro, tostadas y fruta. Cuatro mañanas con lo mismo alcanzan para saber que no vas a encontrar variación si te quedás una semana. Si sos de desayunar fuerte antes de caminar, conviene tenerlo en cuenta.
Lo que más anoté fue el ruido. La cuadra se comporta distinto según el día: los viernes y sábados hay movimiento hasta cerca de la una de la mañana, sobre todo en las habitaciones que dan al frente. Si dormís con la ventana abierta, se escucha. Si te toca un cuarto hacia el patio interno, el panorama cambia bastante.